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Higiene Vital

por | Dic 3, 2021 | Higienismo

Hay mucha confusión acerca de algunos términos relacionados a la higiene vital (también conocido como higienismo o medicina higienista). ¿Es acaso lo mismo que ciertas “curas” que ofrece la medicina convencional o varias ramas de las distintas medicinas alternativas, incluso dentro de lo que se conoce como “naturopatía”? En este artículo vamos a analizar la diferencia entre las diversas “curas” ofrecidas en el mercado y los conceptos básicos de la higiene vital.

El Origen

El diccionario médico define el término “cura” como “el desarrollo del tratamiento de cualquier enfermedad, o de un caso específico. El tratamiento eficaz de una enfermedad o herida. Un sistema de tratar la enfermedad. Un medicamento eficaz al tratar la enfermedad.” Si observamos, se hace énfasis en las palabras “tratamiento” y “tratar”. Es decir, que de alguna manera u otra se debe tomar acción.

Sin embargo, la palabra “cura” se original del latín, y es sinónimo de “cuidado”. En su origen, el término se refería al cuidado de un individuo sano. Con el tiempo, pasó a aplicarse al cuidado del enfermo y ahora se define como un método o medio de tratar la enfermedad o como un medicamento eficaz al tratar la enfermedad.

Por ejemplo, se dice que un fármaco “cura” la tos, el estreñimiento o cualquier otra enfermedad. Decir que un medicamento es eficaz en el tratamiento de la enfermedad es ambiguo, dado que pocos medicamentos hacen algo más que proporcionar una fugaz y dudosa paliación. En otras palabras, son un mero tratamiento sintomático, ocasionado por un elemento extraño o externo.

Bajo este paradigma sintomático, la “cura” se refiere a recursos externos y no internos. Sea denominado “medicina” o “tratamiento”, se entiende que la “cura” es debido al trabajo de algo que reside fuera del organismo, y no el resultado del propio trabajo de curación del cuerpo.

Desde este enfoque se entiende a la enfermedad como algo destructivo que, de forma inevitable, consumará su malvado trabajo a menos que se oponga algún poder que la contrarreste y neutralice, siguiendo así hasta que se pueda “vencer” a la enfermedad, o bien hasta que el paciente muera. Bajo este enfoque, contrario a los principios de la higiene vital, se desestima la fuerza vital intrínseca de todo ser vivo que busca su auto curación.

En el caso de algunas ramas de la naturopatía no higienista, se confía de alguna manera en los procesos vitales, pero igualmente se considera que de alguna manera estas fuerzas tienen que ser estimuladas o incitadas por métodos que sean capaces de impulsas sus acciones defensivas.

Lee también: ¿Por qué la Naturopatía higienista no es como las demás?

Otras escuelas

Contrariamente a estas escuelas de curación, la higiene vital no depende de ningún otro método que no sea el proceso homeostático del cuerpo, con sus mecanismos naturales e inherentes a todo ser vivo, responsables de la eliminación de toxemia, recuperación y reconstrucción orgánica. Desde el higienismo sostenemos que la curación es un proceso biológico, una actividad de la vida como puede ser la nutrición, respiración, excreción, etc., y que no requiere alicientes para que actúe.

Todas las abundantes escuelas de curación que existían en el pasado y que existen ahora, con todas sus numerosas y opuestas teorías y prácticas, han existido y actuado bajo la suposición de que todos los finales deseables de los casos de enfermedad los produce el tratamiento médico. La gran cuestión de la investigación y acción médica siempre ha consistido en saber qué cualidades debe tener un medicamento, qué cantidades administrar y durante cuánto tiempo, para que sea eficaz. Lamentablemente, muy poca confianza se ha depositado en las capacidades vitales intrínsecas del ser humano, tal como lo hace el higienismo.

Es obvio que se han cometido montones de errores en toda esta práctica teórica y empírica, lo cual explica por qué constantemente las diversas escuelas de medicina y métodos de tratamiento han ido cayendo en el olvido en una melancólica sucesión, dejando pocas huellas de su existencia. Este es otra de las razones que explica el fracaso de muchas de las terapias alternativas.

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Caso contrario, en palabras del Doctor en Medicina, George H. Taylor, el higienismo “intenta guiar a aquellos susceptibles de padecer enfermedades hacia un verdadero conocimiento de sí mismos y de las causas probables de sus miserias físicas, y encuentran redención en la disciplina y corrección de los hábitos funcionales incorrectos o perversos.”. En otras palabras, ante todo eliminar las causas de la enfermedad.

De esta forma, la medicina higienista renuncia por completo a las prácticas de las escuelas de curación. Ya sea que estemos ante un individuo sano o enfermo, si no queremos perjudicarle, debemos actuar de forma consonante con la fisiología humana.

Un organismo vivo crece, reproduce y multiplica sus partes y, por esta repetición, se prolonga a sí mismo. Para hacer esto, selecciona de su entorno esos materiales que tienen la capacidad de formar parte de su propia estructura y rechaza el resto de las sustancias. Estas son condiciones necesarias para el mantenimiento de su integridad vital. En el organismo unicelular, en las complejas plantas o animales, allí donde veamos vida, la selección y apropiación de alimentos, asimilación y crecimiento, así como el rechazo son acciones constantes, y la energía de estas acciones debe generar una relación constante entre ellas, porque el organismo vivo busca su propio bienestar en todos los actos. La confianza en esta inteligencia de la vida es otro principio básico de la higiene vital.

Tienes que saberlo

Puesto que la constitución de la unidad viva es uniforme e invariable, necesariamente se deduce que todas las sustancias externas deben ser de tres clases, a saber:

  1. Materiales que son idénticos o susceptibles de transformarse en la misma materia de la que está formada la estructura viva y se relacionan con el organismo como nutrientes.
  2. Sustancias que se pueden describir como indiferentes, que no sufren ningún cambio al entrar en contacto con el organismo, pero que pueden servir como medio necesario, por ejemplo, el agua.
  3. Sustancias que no pueden transformarse en sustancia celular, pero cuya relación con la estructura vital es antagónica, con distintos grados de intensidad, y destructiva para la integridad del organismo vital: se clasifican como veneno.

Podemos pensar con razón que el agua pertenece, en esencia, a la primera clasificación, puesto que es esencial para todas las acciones vitales y para la síntesis vital. Considerando de esta forma el asunto, entonces, todas las sustancias con las que el organismo entra en contacto son o bien materiales alimentarios o venenos. La clase que nosotros denominamos venenos es muy numerosa y se compone de varias divisiones. De hecho, esta clase es casi tan variada como el número de elementos y componentes químicos, después de haber extraído los nutrientes.

Cuando sustancias no utilizables entran en contacto con las células, deben ser resistidas, rechazadas y eliminadas. Las acciones por las que estos venenos son resistidos y expulsados se han confundido durante mucho tiempo por acciones de los venenos. Un hecho real es que las denominadas acciones de los fármacos (venenos) son acciones del organismo. Estas acciones no son más que fases de las primeras actividades que lleva a cabo el organismo para rechazar y expulsar los materiales de los que no puede apropiarse para formar estructuras vivas.

Todo intento de imponer materiales o condiciones sobre el organismo diferentes a aquellos que normal y naturalmente pertenecen a él, encuentra una resistencia determinada, y sólo pueden provocar un desgaste de los elementos que lo forman y de las energías actuantes. De esta forma, se retrasa, e incluso se impide, el desarrollo constante y ordenado de los elementos con los que se conectan las fuerzas de la vida, y de los que dependen sus funciones y actividades.

Toda la importancia que se le da al intento de controlar la salud y la recuperación con el uso de fármacos surge de la incapacidad de reconocer los mencionados principios. Surgen de una concepción errónea de la naturaleza esencial de las acciones que la administración de fármacos ocasiona en el organismo vivo. La propia liberalidad de los dones constitucionales del hombre hace posible el gran número y variedad de acciones que se confunden con las acciones de los remedios.

Si observamos la naturaleza del hombre y sus capacidades constitucionales, debería ser evidente que los cambios en su salud, así como la multitud de síntomas que aparecen, surgen de la complejidad de su estructura y funciones, al igual que las muchas acciones que se han confundido con acciones de los fármacos. Es el organismo humano, y no las simples sustancias químicas inertes, las que son capaces de una variedad tal de patrones de comportamiento. Consideradas correctamente, estas muchas capacidades de acción son evidencias de la superioridad del hombre, no de sus defectos.

El Dr. Taylor indicaba que “el máximo alcance de poder exige la máxima libertad para su ejercicio”. El hombre posee órganos y sistemas de órganos que, cuando funcionan de forma normal, actúan recíprocamente para secretar y excretar, adoptar y excluir, con el fin de que se mantenga el equilibrio fisiológico.

Con estos maravillosos métodos de ajuste bajo su control, el hombre no desarrolla enfermedades mientras que sus necesidades (suministros) se satisfagan y los desechos se eliminen. Sólo cuando los poderes de funcionamiento se han reducido de tal forma que los desechos no se eliminan por completo, cuando la nutrición es mala, cuando el proceso de secreción se paraliza y los procesos vitales se dañan, es entonces cuando enferma, es decir, cuando su cuerpo se embarca en una acción de liberación y recuperación de emergencia.

Si excluimos esas enfermedades que resultan de la intoxicación por fármacos o similares sustancias tóxicas, ingeridas desde el exterior, la enfermedad es el resultado de daños o imperfecciones de las funciones del cuerpo: alteraciones que permiten que se acumulen las toxinas generadas endógenamente, la imperfección del funcionamiento que surge del poder funcional reducido (enervación) y que, a su vez, resulta en la disipación de las energías de vida. Es decir, la enfermedad es autogenerada. No se trata de un ataque sobre el cuerpo de un enemigo exterior, sino la consecuencia de violar las condiciones de una existencia saludable.

Puesto que los principios y condiciones, tanto de las acciones vitales como de las químicas, son fijas y no cambian porque el organismo esté enfermo, se hace evidente que la enfermedad médica inducida profesionalmente no posee la inteligencia ni el poder para devolver la salud. La recuperación nunca es el resultado de los denominados medicamentos, sino que siempre resulta de la operación de las fuerzas orgánicas y de las condiciones que habitualmente mantienen la salud. La salud debe recuperarse, al igual que conservarse, adaptándose a las condiciones saludables establecidas por la naturaleza.

Para ir acabando

Esto se enfrenta con la afirmación de que tras la administración de fármacos aparecen efectos positivos. Incluso nos asegurarán que los fármacos pueden, y a menudo lo hacen, salvar vidas. Se recurrirá a los datos de la experiencia para apoyar esta posición. Se mostrarán historiales y datos como evidencia. Esta evidencia no tiene en cuenta los poderes y actividades de curación que posee el propio organismo y, al mismo tiempo, asume que el efecto del fármaco es adicional al de la actividad curativa del cuerpo enfermo. Cierto, hay una acción adicional: la actividad necesaria para resistir y expulsar el fármaco. Las acciones vitales son alteradas, no ayudadas.

Cualquier beneficio para la salud debe proceder bien de los procesos fisiológicos ordinarios o bien de alguna modificación temporal, incluso drástica, de esos procesos para controlar situaciones especiales, y estos procesos sólo pueden funcionar con las cosas normales de vida: alimentos en vez de venenos, descanso en vez de estimulación, sueño en vez de narcosis, aire en vez de inhalar fármacos, temperatura cálida en vez de cataplasmas de mostaza, etc.

Aquellas sustancias de las que la estructura viva no puede apropiarse y utilizar, sino que en un estado de salud debe rechazar, son igualmente no utilizables y deben eliminarse en un estado de enfermedad cuando los poderes de vida disminuyen.

Los fármacos sólo pueden provocar daños y disminuir los poderes vitales. Por desgracia, los fármacos provocan la división de las funciones y de los procesos de los que el propio cuerpo depende para purgarse y curarse. Esto puede debilitar tanto el cuerpo que tenga que suspender todos sus esfuerzos curativos: desaparecen los síntomas.

Por último, debemos observar que al tratar al enfermo con fármacos no aprendemos ninguna lección, no se impone ninguna disciplina y no se establece ninguna condición que sea de algún valor en la salud o en un posterior estado de enfermedad. El intelecto del paciente se queda en blanco, su cuerpo una escena de devastación. El paciente no sabe por qué estuvo enfermo, ni cómo se ha recuperado y no sabe cómo evitar volver a ponerse enfermo.

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Si te ha interesado este artículo, te invitamos a leer también: “¿Intoxicar o desintoxicar?”

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Adaptado del artículo “Higiene vs Curas” del Dr. Herbert M. Shelton (publicado en la revista Dr. Shelton’s Hygienic Review, agosto de 1965)

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